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Hepatitis, un virus serio y contagioso

4 Feb , 2017  

¿Qué es la hepatitis?

La hepatitis es una inflamación del hígado. La afección puede remitir espontáneamente o evolucionar hacia una fibrosis (cicatrización), una cirrosis o un cáncer de hígado. Los virus de la hepatitis son la causa más frecuente de las hepatitis, que también pueden deberse a otras infecciones, sustancias tóxicas (por ejemplo, el alcohol o determinadas drogas) o enfermedades autoinmunitarias.

La hepatitis A y la E son causadas generalmente por la ingestión de agua o alimentos contaminados. Las hepatitis B, C y D se producen de ordinario por el contacto con humores corporales infectados.

Son formas comunes de transmisión de estos últimos la transfusión de sangre o productos sanguíneos contaminados, los procedimientos médicos invasores en que se usa equipo contaminado y, en el caso de la hepatitis B, la transmisión de la madre a la criatura en el parto o de un miembro de la familia al niño, y también el contacto sexual.

La infección aguda puede acompañarse de pocos síntomas o de ninguno; también puede producir manifestaciones como la ictericia (coloración amarillenta de la piel y los ojos), orina oscura, fatiga intensa, náuseas, vómitos y dolor abdominal.

 

¿Cuáles son los distintos virus de la hepatitis?

Los científicos han identificado cinco virus de la hepatitis designados por las letras, A, B, C, D y E. Todos causan enfermedades hepáticas, pero se distinguen por varios rasgos importantes.

 

El virus de la hepatitis A (VHA)

Está presente en las heces de las personas infectadas y casi siempre se transmite por el consumo de agua o alimentos contaminados. Se puede propagar también por ciertas prácticas sexuales. En muchos casos la infección es leve, y la mayoría de las personas se recuperan por completo y adquieren inmunidad contra infecciones futuras por este virus. Sin embargo, las infecciones por el VHA también pueden ser graves y potencialmente mortales. La mayoría de los habitantes de zonas del mundo en desarrollo con saneamiento deficiente se han infectado con este virus. Se cuenta con vacunas seguras y eficaces para prevenir la infección por el VHA.

 

El virus de la hepatitis B (VHB)

Se transmite por la exposición a sangre, semen y otros líquidos corporales infecciosos. También puede transmitirse de la madre infectada a la criatura en el momento del parto o de un miembro de la familia infectado a un bebé. Otra posibilidad es la transmisión mediante transfusiones de sangre y productos sanguíneos contaminados, inyecciones con instrumentos contaminados durante intervenciones médicas y el consumo de drogas inyectables. El VHB también plantea un riesgo para el personal sanitario cuando este sufre pinchazos accidentales de aguja mientras asiste a personas infectadas por el virus. Existe una vacuna segura y eficaz para prevenir esta infección.

 

El virus de la hepatitis C (VHC)

Se transmite casi siempre por exposición a sangre contaminada, lo cual puede suceder mediante transfusiones de sangre y derivados contaminados, inyecciones con instrumentos contaminados durante intervenciones médicas y el consumo de drogas inyectables. La transmisión sexual también es posible, pero mucho menos común. No hay vacuna contra la infección por el VHC.

 

Las infecciones por el virus de la hepatitis D (VHD)

Solo ocurren en las personas infectadas con el VHB; la infección simultánea por ambos virus puede causar una afección más grave y tener un desenlace peor. Hay vacunas seguras y eficaces contra la hepatitis B que brindan protección contra la infección por el VHD.

 

El virus de la hepatitis E (VHE)

Como el VHA, se transmite por el consumo de agua o alimentos contaminados. El VHE es una causa común de brotes epidémicos de hepatitis en las zonas en desarrollo y cada vez se lo reconoce más como una causa importante de enfermedad en los países desarrollados. Se han obtenido vacunas seguras y eficaces para prevenir la infección por el VHE, pero no tienen una distribución amplia.

 

Síntomas de la hepatitis

La hepatitis puede manifestarse de forma aguda o crónica. La forma aguda supone que la patología comenzará y desaparecerá rápidamente; si, por el contrario, se cronifica, la enfermedad perdurará en el tiempo, pudiendo desembocar en una insuficiencia hepática e, incluso, en la aparición de cáncer.

La gravedad dependerá de diversos factores, entre ellos el agente desencadenante de la patología (causa), o la presencia de otras enfermedades previas en el paciente.

Los síntomas que pueden percibirse en los primeros momentos de la enfermedad (primeros 5-7 días tras la infección) son fácilmente confundibles con los de una gripe o cualquier otra enfermedad común; se observa:

  • Malestar general, cansancio y falta de concentración.
  • Febrícula (décimas) o fiebre de hasta 39ºC.
  • Dolor muscular y articular.
  • Dolor de cabeza.
  • Fotofobia (fobia a la luz).
  • Síntomas digestivos, falta de apetito, náuseas, vómitos y diarreas.

 

Tras esa primera semana en la que se aprecian síntomas poco específicos, comenzarán a aparecer otros que empiezan a ofrecer pistas sobre el origen de la patología:

  • Ictericia, apariencia amarillenta de la piel y las mucosas, fácilmente apreciable en la esclerótica del ojo. La ictericia ocurre por un aumento de bilirrubina en la sangre. En un hígado inflamado se producirá una alteración en las funciones enzimáticas, entre las cuales está la de disolver la bilirrubina para permitir su excreción como parte de los jugos biliares.
  • Orina de color oscura y heces decoloradas o teñidas, como consecuencia de un trastorno en la circulación hepática.
  • Mal aliento, sabor amargo en la boca.
  • Picor.
  • En ocasiones se produce dolor abdominal, en el lado derecho o en el izquierdo, dependiendo de si este dolor proviene del hígado o del bazo.
  • Cirrosis, fibrosis del tejido hepático (depósito de fibras de colágeno), que tiene como consecuencia una alteración en la morfología del órgano y en la irrigación sanguínea del mismo.

La inflamación puede desaparecer por sí sola, pero si, por el contrario, perdura y se cronifica, puede originar un fallo hepático:

  • Agudo o fulminante: caracterizado por la disminución de la producción de determinadas proteínas (como la albúmina y algunas proteínas implicadas en la coagulación), y por el desarrollo de encefalopatía hepática, que implica cambios en los patrones de sueño, confusión, alteraciones en la motilidad, e incluso coma.
  • Crónico: suele darse previa aparición de un cuadro cirrótico.

En algunos casos puede ocurrir que el paciente se encuentre totalmente asintomático, o que presente síntomas muy leves que no hagan sospechar de un problema hepático; esto ocurre en numerosas ocasiones en personas infectadas con el VHA.

 

Tratamiento de la hepatitis

Tanto la hepatitis de tipo A, como la de tipo B, pueden curarse sin intervención médica. Si no es así, el facultativo establecerá un tratamiento u otro según la causa del trastorno, edad del paciente, sensibilidad a determinados fármacos, etcétera.

No existe un tratamiento específico para la hepatitis A; suele recomendarse dieta pobre en grasas, evitar el consumo de alcohol y otros tóxicos y descanso. Para los tipos B, además de la recomendación de seguir las indicaciones anteriores, existen algunos medicamentos disponibles entre los que se encuentran el interferón alfa, lamivudina, telbivudina, adefovir y, más recientemente, entecavir o tenefovir.

El interferón alfa es un tratamiento que se administra en forma de inyecciones subcutáneas y puede eliminar el virus de la hepatitis B, pero en un porcentaje pequeño de casos. El resto de los medicamentos mencionados se administran vía oral y no curan la infección, aunque pueden mantener el virus bajo control durante muchos años.

Hay que tener en cuenta que muchos pacientes infectados por el VHB pueden tener la enfermedad inactiva y, por lo tanto, no requieren ningún tratamiento.

En la actualidad, se considera que el tratamiento farmacológico más efectivo contra la hepatitis C es la combinación de ribavirina (un antiviral que se toma por vía oral) con interferón pegilado alfa (que se administra por vía subcutánea).

El tratamiento dura entre 24 y 48 semanas, y presenta ciertos efectos secundarios que a veces no son bien tolerados por los pacientes. La respuesta al tratamiento depende de la etapa en que se encuentre la enfermedad, del tipo de virus por el que se esté infectado y de la cantidad de virus en la sangre, entre otros factores. Sin embargo, el empleo de estos medicamentos puede curar la enfermedad en muchos pacientes.

 

 

Novedades y avances en el tratamiento de la hepatitis C

Un avance reciente en el campo de la hepatitis C es la incorporación de una técnica diagnóstica que permite conocer con una gran fiabilidad si un paciente se va a curar con el tratamiento de la hepatitis C. Se trata de una mutación en un gen del organismo que produce una sustancia llamada interleuquina 28b.

Esta mutación está presente de forma natural en muchos pacientes y se puede determinar de forma fácil por medio de un análisis de sangre. Su determinación es muy útil a la hora de tomar la decisión de tratar o no tratar a un paciente.

También hay que destacar que en los últimos años ha habido una auténtica revolución en el tratamiento de la hepatitis C. Esto se debe a que se han desarrollado numerosos fármacos que atacan distintas enzimas esenciales para el desarrollo del virus C, y que consiguen erradicar la enfermedad con mucha más frecuencia que con los tratamientos del pasado.

Desde el año 2011 están disponibles en España dos medicamentos llamados ‘inhibidores de la proteasa’ que, asociados al tratamiento estándar con interferón y ribavirina, consiguen una altísima tasa de curaciones. Estos medicamentos se llaman boceprevir y telaprevir.

No están exentos de efectos secundarios y sólo se pueden utilizar en pacientes con unas características especiales, pero son una esperanza para la curación de muchas personas. En los próximos años se incorporarán nuevos tratamientos que tendrán menos efectos secundarios y que podrán ser utilizados en la mayoría de los pacientes infectados por el VHC.

Es muy importante que las personas con hepatitis no tomen medicamentos ni otras sustancias sin consultarlo previamente con el médico, ni siquiera suplementos vitamínicos o plantas medicinales, ya que pueden resultar hepatotóxicos.

Además, deben suprimir el consumo de alcohol y seguir una dieta equilibrada y adecuada a su estado para evitar la desnutrición.

Como última opción en los casos en que el daño hepático es irreversible se puede recurrir al trasplante. En España el primer trasplante hepático se realizó el 23 de febrero de 1984, y existen 25 centros hospitalarios donde cada año más de mil pacientes se someten a esta intervención.


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Kimelly Ruiz

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